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Europa era en 1900 el continente más rico y poderoso del mundo, con el monopolio, casi exclusivo, de la fuerza militar moderna. La burguesía y las clases medias saludaron el nuevo siglo con entusiasmo y orgullosas de los avances de la industrialización y de sus posesiones coloniales. Pese a los críticos sociales que destacaban las diferencias entre ricos y pobres, las luchas de clases y guerras imperialistas, el estado de ánimo en las grandes potencias era optimista y muchos creían que el nuevo siglo traería más bienestar, crecimiento económico y progreso tecnológico.